Más no tiene por qué ser mejor

dosis de ejercicio

Es habitual que entre los propósitos de año nuevo esté incluido el clásico “este año empiezo a hacer ejercicio y a ponerme en forma”.

Esta motivación inicial de cuando la gente empieza a entrenar puede provocar que quiera hacer actividad fisica hasta acabar exhaustos, ya que piensa que cuanto más mejor y esto puede ser contraproducente ya que en muchos casos se sobrepasa la capacidad del propio cuerpo y que lo logramos son lesiones, problemas y falta de adaptación (en lugar de rendir más rendimos menos).

Cuando el organismo siente una amenaza se estresa y produce una serie de señales que están destinadas a dos caminos: la lucha o la huida.

En ambos casos lo que el organismo hace cuando se estresa ante una amenaza es realizar actividad física de manera que esas señales que se han producido van a “consumirse” y después de luchar o huir, puesto que ya no habría riesgo para el organismo, este se relaja de nuevo.

Ejemplo: Uno de nuestros antepasados ve un león, su cuerpo se activa haciendo que haya más azúcar en la sangre para que los músculos tengan energía, provocando que el corazón se acelere para que llegue esa azúcar a los músculos, etc. su cerebro le dice que tiene que matar al león o huir de él y nuestro antepasado huye corriendo. Cuando está lejos del león se siente seguro y se relaja. Las señales de estrés lo han mantenido vivo ya que le han avisado del peligro y le han dado los mecanismos para huir de él.

Estos mecanismos son un proceso vital para mantenernos con vida y a salvo. El problema viene cuando estas señales se cronifican, es decir, perduran en el tiempo más de lo debido, manteniendo al organismo siempre en estado de estres y provocando múltiples problemas asociados. El estrés no solo se activa ante un león se activan cuando vemos que no llegamos a fin de mes, cuando creemos que el jefe nos va a echar una bronca, cuando discutes con tu pareja o cuando haces ejercicio físico por ejemplo.

El organismo no diferencia una situación de otra. si se siente amenazado por lo que sea y siempre reacciona con estrés y ese exceso de estrés puede provocar elevación de la presión sanguínea (hipertensión arterial), gastritis y úlceras en el estómago y el intestino, disminución de la función renal, problemas del sueño, agotamiento, alteraciones del apetito ya que lo único que el organismo quiere es luchar o huir y el resto de funciones del organismo se ven reducidas para que todos los recursos vayan destinados a este fin.

Para entenderlo podríamos de poner el símil de un país en guerra. Durante los años de paz se invierte en agricultura, educación o sanidad pero cuando hay una guerra la mayoría de los presupuestos van destinados a la fabricación de armas y el adiestramiento de soldados para tratar de vencer en la batalla. Pues en el organismo los músculos serían los militares y en tiempo de guerra exigen un extra de presupuesto.

Uno de los factores que provocan ese estado crónico de “guerra” es la obesidad. El organismo interpreta que está en una guerra constante y por tanto está enviando señales de lucha o huida, es decir, el organismo esta estresado de forma crónica.

Cuando realizamos ejercicio el organismo sufre un estrés y si eso lo sumamos al estrés continuo que ya estaba provocando la obesidad podemos provocar más estrés de lo que se es capaz de tolerar y en lugar de mejorar ir a peor.

Una persona poco acostumbrada al ejercicio físico debe empezar por realizar sesiones con una duración e intensidad que puede tolerar y dejando tiempo entre sesiones para recuperarse y poco a poco ir incrementando los estímulos ya que puede ser tan malo no hacer ejercicio físico, como hacerlo en exceso.

 Desde DomoPersonal te aconsejamos que busques profesionales cualificados que te guíen en tu ejercicio físico y te indiquen cómo, cuánto, cuándo y porqué hacer las cosas.

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